En un viaje a Tucacas, de esos improvisados, o al menos resueltos a dar con apenas un día de anticipación, como que "manana vamos para la playa", pues luego de disfrutar del agua cálida del parque nacional Morrocoy, pues con ganas de tomarse la tradicional sopa de pescado y de un suculento plato del mismo frito, nos dispusimos a acercarnos a uno de esos locales que están después del peaje, que ya no cobra, el que antes era el más caro de todos los peajes de las vialidades de nuestro país, el de Boca de Aroa. Yo tenía en mi mente una cierta resistencia en hacer esa parada este día, advertí que tenía un poco de desconfianza en comer allí esa vez, y pensar que tantas otras veces lo había hecho sin ni siquiera ponerme a pensar o reconocer un posible asomo de asco. Cuando uno utiliza la razón, puede hacer que afloren las dudas que un local instalado en la orilla del mar, alejado de los servicios públicos que se brindan en las ciudades, en donde la higiene estaría garantizada, puede provocar. Pues ese día, sin mucho razonar, o al menos no de manera consciente, tuve una corazonada, que bloqueada por la necesidad imperiosa de comer antes de emprender un viaje de entre tres horas y media y cuatro horas de vuelta a nuestra casa, nos embarcamos en esa especie de aventura, en la cual la fe fué lo único que nos empujaba a sentarnos a disfrutar de al menos dos platillos sencillos a base de los frutos del mar que servían en este local, que según nuestro criterio era el que más organizado y aseado aparentaba estar.
Una vez servidos los platos, comenzamos a comer, nuestra costumbre siempre ha sido compartir lo que cada uno ordena, es así que llegado mi turno, tomé dos cucharadas de la sopa de pescado del día, como tenía una mano ocupada, debido a que estaba cargando a mí hija, que afortunadamente se había quedado dormida, me dispuse a levantar la vasija con la sopa para beber directamente el caldo, cuando reconocí el cuerpo de una chiripa flotando en la sopita...Sin alboroto alguno, no sé, a lo mejor para no pasar pena, lo que siempre es lo que uno evita en circunstancias parecidas a lo largo de nuestras vidas, llamamos al mesero para devolverle la sopa, que ya había sido probada por nosotros y cuyo cuerpo estaba flotando dándole sazón. Al final, el local que mejor se veía, fué el que mis temores materializó...Para los que tienen estómago débil, pues eviten todos estos locales. Imagínen la cantidad de chiripas que deben haber por todos lados en esa cocina que a plena luz del día, pues apareció una en la sopa. Lo que demuestra la falta de atención hacia los comensales que inocentes y hambrientos se detienen a comer allí. Uno debería tener derecho a visitar la cocina y darse cuenta del grado de higiene que pudiese existir, aunque aún así, las chiripas camicace podrían también aparecer en último minuto. Es una aventura más, luego del paseo a la playa que por costumbre nos hace querer comer pescado en sopa.
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